Joelvin Villarreal |
Nuestro camino a la libertad, y al
reencuentro de nuestras raíces como república, pasa inevitablemente por la
destrucción del estado federal centralizado que desde 1819 ha sido parte
integrante de nuestra sociedad. Es de
nuestro menester como venezolanos reclamar los derechos universales e
inalienables que han forjado al hombre libre y civilizado, creador de riquezas
de todo tipo desde tiempos inmemoriales, los cuales nos han sido despojados a
los ciudadanos por el sucesivo mandato de los caudillos criollos desde la
fundación del estado “bolivariano” en 1819[1].
Como bolivariano me refiero, sin duda
alguna, al estado constituido por Simón Bolívar en 1819; siendo este su padre y
habiéndolo creado de acuerdo a sus intereses, no puedo llamarle de un modo
diferente al de “Bolivariano”. Muchos serán los estados creados a partir de
allí por Bolívar, cada uno de ellos más autoritarios que los otros, hasta
llegar a la convención de Ocaña, la cual disuelve; al declararse abiertamente
dictador e imponiendo la tiranía a toda Colombia[2].
Desmitificar a Bolívar, y a cuanto
caudillo hiciere daño al gran proyecto continental originario, es el primer
paso a dar, para la construcción de una verdadera sociedad libre y prospera. El
segundo paso es, deslastrarnos al mismo tiempo de los sofismas económicos que
han imperado en nuestra región por herencia del imperio español –el
mercantilismo- , o devenidos de las imprentas comunistas y su notable
influencia en lo que hubo de llamarse “la generación del 28” – el socialismo-.
Un tercer y definitivo paso debe
darse, al término de la necesaria y urgente purga intelectual antes mencionada,
y no es otro que la consecución de un nuevo estado a través del proceso
constituyente originario: Crear La
República Federal Descentralizada De Economía Liberal
La reconciliación nacional es solo
posible en la medida que cada región se dé el gobierno que mejor sirva a los
intereses ciudadanos, sin procurar esto la separación de territorio nacional,
será entonces la muerte definitiva del centralismo castrador; la plena
autonomía de las regiones en unión federal republicana. Así mismo, y como
consecuencia de lo antes expuesto; surgirán los municipios con el poder y
fuerzas suficientes para garantizar a sus ciudadanos los mejores servicios
públicos, tan necesarios, y ausentes hoy día.
Los venezolanos, finalmente serán los
dueños de su destino, se harán un país de propietarios al poder comerciar libremente
y, con el signo monetario que mejor les convenga para sus negocios, no serán
más nunca despojados de la titularidad de sus tierras y lo que haya debajo de
ellas. Las puertas del mundo nos serán abiertas.
Desechar la idolatría hacia el
estado, representado en un caudillo mesiánico, y olvidar para siempre ese afán
económico colectivista; propio del pecado de la envidia y el resentimiento, son
suficientes para no caer más nunca en tragedia semejante como la vivida desde
1998.
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